Desconozco lo
que Nicolás Sarkozy, candidato a la Presidencia de la República Francesa le habrá
contestado a su crítico y ‘fan’ filósofo,
y ni siquiera si le contestó o no. Por
lo que sucedió a lo largo de este año 2009, tengo la impresión de que Sarkozy
no es muy propenso a escuchar a los que se dirigen a él, no importando el nivel
intelectual o científico que posean, cosa que la Beauvoir decía hace años sobre
ejemplares de su clase más destacados que él.
En fin, creo que su discurso del 22 de enero de 2009, por un lado,
enfrentado a la revisión crítica que del mismo hicieron miles de profesores –
investigadores y trabajadores de la educación formal franceses, por el otro se
puede denominar el detonante.
O
antecedentes como los mencionados por André Glucksmann: “…Volvamos al ejemplo recurrente de la escuela de Jules Ferry maltratada,
volvamos a la cantinela con la que nos machacan los oídos. Ustedes dijeron: «destrucción de la
universidad». ¿Lo
consiguieron? Pongamos de una vez las cosas en su orden cronológico: no fue
Mayo del 68 el que puso en crisis la escuela, sino que fue la escuela en crisis
la que condujo a Mayo del 68. Desde el
65, «la explosión escolar ligada al ‘baby-boom’ (1945) había sembrado el país
de centros de enseñanza secundaria, los nuevos CES. La prolongación de la escolarización llegó a
la universidad. En menos de diez años,
el número de bachilleres se multiplicó prácticamente por diez. Entonces abrieron sus puertas los primeros
campus, como el de Nanterre». La
masificación, que se ha mantenido hasta nuestros días, desestabilizó la escuela
de la tercera República.”
“La escuela de Jules Ferry tenía
una función social evidente: la primaria para todos vinculaba a agricultores y
obreros con la nación, seleccionando a los más meritorios para que ascendieran
socialmente mediante el estudio. La enseñanza secundaria seguía reservada a los
pequeñoburgueses y a los proletarios o campesinos sobresalientes. A la universidad sólo accedían los hijos de
las elites y lo mejorcito de las clases populares. Estratificación y ascensor social: la
estructura escolar se adecuaba a la estructura de la sociedad y la
organizaba. Este mecanismo bien
lubricado funcionó sin demasiados contratiempos durante decenios. Si antiguamente la escuela tenía una función
correctora de las desigualdades y recompensaba el mérito de los más dotados,
seleccionados entre las clases trabajadoras, en 1968 la epopeya de los húsares
negros había ido a sumarse a las leyendas muertas. Hacía
mucho que el edificio universitario no respondía a la demanda. Nos asfixiábamos. Había que respirar.”
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